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Revista Zur / Volumen 2 N°2 / Por el derecho al placer de ser mujeres
nota

Por el derecho al placer de ser mujeres

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Fecha

01 Diciembre 2020

Autor

Fernanda Aqueveque Rivera

01 Julio 2021

Fecha de recepción: 30 de agosto de 2020.

Fecha de aceptación: 10 de octubre de 2020.

“Porque ahí, en el placer está todo lo que este libro es: valentía, igualdad, hermandad, alegría, conocimiento, fuerza, respeto y amor” (11), con estas palabras Lara Moreno define El Placer, obra creada por la ilustradora española María Hesse quien, por medio de ilustraciones cargadas de simbolismos que se completan con textos escritos, desarrolla una postura ideológica feminista. Hesse entreteje la experiencia propia en confluencia con la de variadas mujeres que, en un gesto de resistencia ante la normatividad del sistema patriarcal, exploran, enseñan y exponen su sexualidad y placer, constituyentes de la persona como “ser incardinado”, que se encuentra inmerso en un continuo proceso de reapropiación del cuerpo que, al ser privado del placer, se vio/ve impedido no solo del orgasmo, sino también del eros mismo. Es necesario destacar que, si bien esta reseña fue escrita desde una naciente toma de consciencia feminista, no constituye una única forma de lectura de El placer, pues el pensamiento feminista, al igual que las personas y sus realidades, no es uno, sino que rebosa de diversidad, y por lo tanto corrientes distintas entre sí que conforman un gran entramado, lo cual deja en evidencia: “cómo y qué tan profundamente la ideología patriarcal permea todas las cosmovisiones, el conocimiento y hasta nuestros sentimientos más íntimos” (Facio y Fries 264).

Cabe mencionar que la autora ha sido destacada por la editorial alemana Taschen como una de las 100 mejores ilustradoras a nivel internacional, y a mi parecer, es El placer la confirmación de dicho reconocimiento, pues es una obra en la que el texto y arte visual se combinan perfectamente: el primero da cuenta de la historia y contexto de las ilustraciones hechas en acuarela, las cuales colman cada página de vibrante color.

Ahora bien, en el marco de la sociedad judeocristiana, diríamos que Lilith fue la primera mujer en saber que, para experimentar una vida erótica, entendiendo por eros aquella fuerza vital que reside en el interior de todas nosotras y que nos impulsa a buscar el gozo en nuestra vida (Lorde 40-42), debía abandonar el Edén, pues “¿qué clase de paraíso era ese en el que no se te permitía tener un orgasmo?” (16), en el que una vida plena no era posible para la mujer. Si nos situamos en algún momento de los pensamientos desarrollados por Platón y San Agustín (pensamientos que no fueron estáticos, sino que estaban cargados de complejidad y cambio), veríamos al cuerpo como un impedimento para la salvación/ producción del alma/pensamiento (Citro 11-13), visión desde la cual probablemente hubiésemos entendido la decisión de Lilith como errónea (dado que solo se basó en su cuerpo), pero si atendemos al desarrollo de dichos pensamientos a lo largo del tiempo y de las mentes, encontraremos múltiples planteamientos teóricos entre los cuales destaco aquel en el que la mujer es entendida como un “ser incardinado”, en donde su cuerpo “lejos de ser una noción esencialista, constituye el sitio de intersección de lo biológico, lo social y lo lingüístico” (Braidotti 16), por lo que veríamos en la decisión de Lilith un acto de liberación, pues lo espiritual y abstracto no pueden ser disociados de lo anatómico. Se afectan mutuamente.

Al comprender esto, y que “cualquier verdad cobra una fuerza arrolladora al ser reprimida” (Lorde 43), se vuelve aún más evidente la importancia de leer este libro, pues fueron muchas las mujeres (y sus representaciones en la ficción) que siguieron a Lilith en esta búsqueda del eros negado, en un principio por Adán y Dios, y en su continuidad por el sistema patriarcal androcéntrico que, al establecer las experiencias e intereses del hombre como universales (Facio y Fries 274), termina por provocar: “La fobia a los otros, a las otras (…) [el] fomento de la desidentificación entre personas diferentes” (Facio y Fries 261), lo cual volvió invisible las experiencias de las mujeres, inclusive en algo tan básico como lo es la comunicación: “el lenguaje genera realidad en tanto constituye la principal forma de relacionarse (…) Así, en una cultura en que el lenguaje no registra la existencia de un sujeto femenino, podríamos concluir que, o no existen las mujeres, o éstas no son vistas como sujetos en dicha cultura” (Facio y Fries 282).

Por su parte, la investigadora Ana María Fernández, plantea que para sostener dicha inferioridad femenina se crearon mitos en torno a la mujer, como lo serían la mujer-madre, reforzada en la imagen de la virgen María que “ha sido la única mujer capaz de quedarse embarazada sin sexo ni técnicas de fecundación in vitro” (34); la pasividad erótica femenina, en donde la sexualidad le es indiferente a la mujer, dejando el conocimiento y placer en manos del hombre, y por lo tanto en clave fálica (Fernández 254), lo cual ha provocado que muchas mujeres desconozcan el orgasmo, pues: “solo un treinta por ciento de las mujeres tiene orgasmos por penetración” (95). Por último, nos habla del mito referido al amor romántico, dejando como única opción de validación identitaria (femenina) la atención masculina. Como vemos el cuerpo y por consiguiente el ser de la mujer fue presionado para pertenecer al hombre, a Adán y al dios masculino, y en dicho intento, como nos explica la teórica Rosi Braidotti, emergió la subjetividad femenina, o sea, la construcción de la falsa idea de lo que es “ser mujer”.

Pero estos mitos encuentran la contraparte de sus planteamientos históricos, en El placer, libro en el cual encontramos a diversas mujeres que demuestran lo antinatural del “deber ser” femenino. Eve Ensler por ejemplo, nombra/materializa la mítica vagina, pues: “para reconocer la existencia de algo, es preciso nombrarlo” (70), a su vez Helen O’Connell precisa las características del clítoris (78), que pasa de ser reconocido como “La teta del diablo” (69), al “único órgano femenino diseñado exclusivamente para el placer” (77), lo que no quita que el cuerpo en sí sea un lugar para el placer: “el orgasmo femenino es solo uno, pero hay muchas maneras de desencadenarlo” (96). Por otro lado, y no tan lejano como se piensa, el caso de Safo de Lesbos nos muestra que la sexualidad es algo esencial y no heteronormativa (43), asunto que las escritoras Collete, Anaïs Nin y Simone de Beauvoir, también destacadas en el libro de Hesse, demuestran, llegando a pagar un alto precio por ello (55). Así mismo, Mata Hari y Cleopatra abrazan su sexualidad, en donde: “En vez de esconderla, convirtieron su sexualidad en una baza. En un arma” (63). El mismo gesto hacen las mujeres ficticias: Daenerys Targaryen y Cersei Lannister, quienes viven su placer libremente al mismo tiempo que gobiernan (118, 120). Pero todas estas mujeres han tenido que cargar con la condena de ser recordadas únicamente por la expresión de su sexualidad, y no por otras cualidades de su persona, claros ejemplos de ello son Marilyn Monroe, Hedy Lamarr y Madonna, entre otras. 

Hesse nos muestra este abanico de experiencias, al mismo tiempo que describe el placer desde una óptica feminista y respetuosa con los cuerpos, denunciando las violencias provocadas por la censuradora educación sexual y la pornografía regular (con la notable excepción de las directoras feministas, como lo sería, por ejemplo Erika Lust), para adentrarse en el autoconocimiento, el cual nos dicta no solo lo que nos gusta, sino también lo que nos disgusta: “No solo debemos sentirnos libres de pedir lo que nos gusta en el sexo, sino que es fundamental definir y expresar hasta donde queremos llegar […] Sin sentirnos culpables por ello” (123).

Esta obra, en suma, es una invitación que, con vívidas ilustraciones cargadas de amor propio, nos conduce a morder la manzana, abrazando el nuevo pensamiento feminista, así, como también, a renunciar a los paraísos patriarcales, en los que se deja a todo lo no- hombre2 en una otredad desde la cual hoy, y con base en el conocimiento, se redefine la subjetividad femenina por medio de la reapropiación del cuerpo, y por ende del placer: “Mi cuerpo es un templo […] separar lo emocional de lo físico para acabar comprendiendo que el mayor placer está cuando sumas ambas cosas” (149).

Obras citadas

 Audre, Lorde. “Usos de lo erótico: Lo erótico como poder”. La hermana, la extranjera. Trad. María Corniero. Madrid: horas y Horas, la editorial, 2003. Pp. 37-47.

Braidotti, Rossi. Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nómade. Barcelona: Gedisa, 2015.

Citro, Silvia. “La antropología del cuerpo y los cuerpos en-el-mundo: Indicios para una genealogía (in)disciplinar”. Cuerpos Plurales. Antropología de y desde los cuerpos. Buenos Aires: Editorial Biblos, 2010. Pp. 9-23.

Facio, Alda & Lorena Fries. “Feminismo, género y patriarcado”. Academia, Revista sobre enseñanza del derecho de Buenos Aires (2005): 259-294.

Fernández, Ana María. La mujer de la ilusión, Pactos y contratos entre hombres y mujeres.

Buenos Aires: Paidos, 1993.

Fernanda Aqueveque Rivera

Estudiante de pregrado de Pedagogía en Castellano y Comunicación de la Universidad de La Frontera. Es ayudante de investigación en el proyecto FONDECYT N°11190799 “Coser trozos sueltos de uno mismo: hacia una poética del detalle en las escrituras del yo de autoras contemporáneas (1990-2018)”, cuya investigadora responsable es la Dra. Carolina Navarrete G . Su objetivo profesional se remite a la docencia e investigación.

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