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Revista Zur / Volumen 3 N°1 / Deber y culpa: El boomerang de Scherman en Por el ojo de la cerradura

Notas

Deber y culpa: El boomerang de Scherman en Por el ojo de la cerradura

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“En llamas” de Alejandra Etcheverry.

Fecha

01 Julio 2021

Autor

Roberto Ángel G.

01 Julio 2021

He estado ciega, y como un boomerang, la vida me enseña que en
la búsqueda del mal menor yace también agazapada la desgracia.
Jorge Scherman
Por el ojo de la cerradura

He creído encontrar en la novela de Jorge Scherman, Por el Ojo de la Cerradura, un cierto hilo conductor que guía a los personajes y determina sus acciones en el marco de la historia del libro. La secuencia de los hechos en los cuales ellos se ven involucrados repite periódicamente los sentimientos de deber y culpa, presentes constantemente en la obra. Ejemplificarlo aquí y sus respectivas conclusiones con respecto a la misma, será el propósito de este trabajo.

Por el Ojo de la Cerradura es un relato acerca de tres mujeres (abuela, hija y nieta) y su historia, desde la llegada a América de Viera, la abuela inmigrante judía. El relato es presentado como tres historias (la de cada mujer), que en realidad es una, ya que unidas cronológicamente el libro se puede ver como un solo gran relato.

Ante todo, quisiera exponer que en la novela de Scherman, al ser un relato de inmigrantes judíos, los personajes sientan las bases de su tradición en la cultura hebrea, en sus pautas y deberes ancestrales que por los siglos la comunidad judía ha logrado rescatar y mantener gracias a la práctica de sus costumbres. Así, este sentimiento de deber y culpabilidad que poseen las protagonistas, estará, como veremos, muchas veces ligado a estas antiguas reglas judaicas, como también sobrevendrán por motivos que nada tienen que ver (al parecer) con esta tradición.

Para comenzar, es la abuela Viera quien, cronológicamente, señala los primeros atisbos de deseo de realizar ciertas fantasías, que en verdad están veladas para la tradición de la mujer judaica. Para los hebreos, la mujer es sinónimo de castidad2, ante lo cual Viera responde, para evitar una represión constante, por medio de un sueño erótico con Grisha, su hermano, en el cual fantasea que están desnudos en la playa gozando de aquella libertad. El párrafo termina con lo siguiente: “… porque más allá de estos momentos sólo la esperaba el horror de una realidad donde todo goce sensual y toda desnudez estaban prohibidas” (55). Aquí observamos las primeras sutiles menciones de un deber al cual, por mandato casi inconsciente, es preciso regirse.

Más adelante es posible apreciar en Viera una marcada tendencia hacia la culpabilidad. El primer foco de ella se produce por el hecho de que ha decidido partir a Argentina a encontrarse con Samuel, su pareja, teniendo que abandonar a su madre en Europa, pero para ella “… aquello no podía permitírselo, iba contra valores que habían constituido la razón de ser de su existencia” (71), pese a reconocer que el quedarse sería un sacrificio lamentable y que tal vez perdería la posibilidad de rehacer una vida plena. Así, la única manera de expiar esta culpa y justificar su partida es mediante otro deber, el de estar junto a su marido, que, con estas palabras, su madre, Brana Fischer, le arguye: “Cumple con tu deber hija. Igual ya habías decidido marcharte” (72).

Viera aparece en la novela con ciertos deseos de quebrantar estas especies de leyes que se han levantado ante ella y su realidad. Aquí se construyen los primeros cimientos de la íntima aspiración de corregir los sentimientos de culpabilidad y angustia ante los deberes no deseados. Así que Viera recrimina a sus padres, diciéndoles: “Ustedes se escudan en la religión para no permitirse los sentimientos; aún piensan que respetar a Dios es ser feliz a costa de renuncias y sacrificios sin sentido” (87). Pese a esto, como veremos, será casi imposible alejar el fantasma de la culpa de la familia.

Avanzan los años y es la hija de Viera (de la cual no es posible conocer su nombre, como queriendo recalcar la negación que sufre esta mujer por parte de su familia) quien hereda reglas y pautas de cómo actuar de parte de la tradición. La hija de Viera nos cuenta: “Mi deseo más íntimo era estudiar Filosofía y Letras…” (76), pese a esto “papá ya me había dicho que al terminar mi sexto año de liceo debía hacerme cargo de la casa ”3(77). Así, su padre la niega, imponiendo un deber que va en contra de las pretensiones de ella.

Una vez asentado el sentimiento de culpabilidad en la mente de la hija de Viera, este aparece por todos lados y hasta incluso se conduce como una paradoja sin respuesta. Es en su época de casada cuando señala: “Me sentía culpable de no haber podido resistirme a Bernardo [su esposo]” (152), refiriéndose al acto sexual que generó el nacimiento de su segundo hijo. Pero, a su vez, para ella era imposible abandonarlo y enfrentar aquella otra culpa: la de no hacer lo correcto, la de no conformar una familia como debería de ser. De hecho, la mujer nos dice: “Fue inútil aquel devaneo, venció en mí el orgullo y el pudor y opté por permanecer atrincherada en casa” (155). Aquí la culpa está presente en ambos frentes, como una cruel guerra en la cual ella estuviera en medio de los dos bandos: por un lado, la acecha al no cumplir sus deseos, por otro al sólo imaginar la posibilidad de no respetar las reglas.

Así, llegamos a uno de los momentos tal vez más álgidos en la escritura de la novela: la golpiza de Bernardo a su esposa, la hija de Viera. Tanto Viera como su hija nunca lograron poner en práctica sus deseos de alejar de la casa a Bernardo, paralizadas ante las convenciones que habrían roto, para luego hacer frente a los embates de la culpa. Ahora, ante esta monstruosa situación, Viera señala “he estado ciega y, como un boomerang, la vida me enseña que en la búsqueda del mal menor yace también agazapada la desgracia” (169). Así, el sentimiento de culpabilidad que compele a cumplir aquel deber, aquel mal menor de estar junto al esposo, sería el brazo que lanzara por los aires el boomerang de la culpa y que caería nuevamente sobre Viera y su hija, ahora trayendo la otra culpa, la más dura, la de no haber sido capaz de hacer lo que íntimamente se deseaba. Así se refleja en palabras de la hija: “Me sentía culpable… nunca me atreví a preguntarle directamente qué pensaba de Bernardo y de nuestro matrimonio [a Viera]” (172), reprochándose su pasado.

Había señalado más arriba que existía un deseo de corregir estos sentimientos de culpabilidad. Pero estos anhelos de superación están marcados más en las tres protagonistas que en los hombres, como si esta especie de negación por la culpa afectara más al sexo femenino que al masculino. Así lo demuestra Samuel, esposo de Viera, al intentar cumplir con el deber de mantener a su hija casada con Bernardo, “para que su hija se evitara los costos de aceptar y asumir el estigma de ser una mujer separada” (186). Por supuesto, ante una propuesta que raya la desfachatez, Viera lo rechaza rotundamente.

Nace Marina, nieta de Viera, y a su vez se da a luz a la última esperanza de dejar atrás al sentimiento de culpabilidad. Marina ha heredado nuevamente el peso de la tradición y pese a ser una muchacha más liberal que su madre, es acosada por Diego (su pretendiente) con preguntas como: “¿Por qué cargas con tamaña mochila?” (51). Pero Marina tiene clara su situación, ante lo cual responde: “Bienaventurado si no has tenido que soportar una educación basada en el sentido de la historia como obligación ética4” (51), ante lo cual Diego le replica que ella ha hecho lo que ha querido, “¿sabes a qué costo? Me siento todos los días culpable de mis actos y opiniones” (52) termina Marina, dejando entrever que no es para nada sencillo corregir el problema de la culpa.

Estos sentimientos continuarán persiguiendo a Marina, lo cual es percibido por Diego: “Me daba cuenta de que guardaba sentimientos de culpabilidad con su madre” (119). Y si bien su madre optó por no enfrentar la culpa haciéndola a un lado y cumpliendo con su deber tradicional, ahora Marina intenta esquivarla por medio de una naturaleza voluble, “forma inconsciente mediante la cual huía de la realidad… su conflicto es cómo ser libre sin dejar de ser responsable” (120). Palabras que señalan que, pese a su esfuerzo, Marina no logrará trabajar la culpa y vivirá su vida realizando todo lo que desea, pero siempre llevándola a cuestas.

Quiero recalcar nuevamente que en la novela son las mujeres las que sienten la culpa y no así los hombres. Esto se aprecia en David, hermano de Marina, quien por medio de una actitud desapegada y silenciosa es capaz de “romper el círculo de la culpa y la angustia” (235). Son las mujeres las que deben quebrantar el yugo, ellas las que desean luchar, como lo hace Marina incitando a su madre a abandonar la debilidad ante el deber, en “un intento de rescatarme, una invitación a que yo me alce” (223).

He expuesto una serie de situaciones en las cuales el deber y el sentimiento de culpabilidad se adhieren fuertemente en las tres mujeres. Creo que tal vez se fueron imbuyendo en ellas, primero por su tradición judía y reglas familiares, para, luego que el mecanismo ya estuviera andando, la telaraña de la culpa tejiera innumerables dendritas culposas, que lograrían que, ante cualquier estímulo, tanto interno como externo, se generara la pesada carga.

Tal vez Scherman deseaba ver libre de la culpa a estas mujeres. Quizás, mientras escribía, ese era su anhelo. El peso de la mochila fue demasiado para ellas y el autor chileno tan sólo tuvo que conformarse con estos pensamientos en el epílogo del libro, cuando Viera está ad portas de una muerte repentina: “Sí, debe olvidarse de exigirse a sí misma… Dirá y hará lo que se le venga en gana y callará lo que le plazca si eso la ayuda a sentirse feliz antes de partir” (254). Tarde quizás para Viera, tarde quizás para las íntimas pretensiones de Scherman.

OBRAS CITADAS

Levi, Rina. “El Valor de la Mujer en el Judaísmo”. 2006. https://www.judaismohoy.com/ article.php?article_id=40. Consultado en 08/7/06

Massmann, Stefanie. “Árbol genealógico y álbum de familia: dos figuras de la memoria en relatos de inmigrantes judíos”. Estudios filológicos 40 (2005): 131-37. https://www.scielo. cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0071-17132005000100009&lng=es&nrm=iso&tlng

=es . Consultado en 10/7/06

Scherman, Jorge. Por el ojo de la cerradura. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 1999.

Información sobre el autor

Roberto Ángel G.

Doctor en Literatura de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y Magíster en Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Conocimientos en literatura chilena e hispanoamericana, vanguardia y literatura contemporánea.