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Revista Zur / Volumen 1 N°1 / Las siete vidas de Simón
Narrativa

Las siete vidas de Simón

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Fecha

01 Octubre 2019

Autora

Pocahontas

01 Octubre 2019

Mi nombre es Simón. Soy un gato con veinte primaveras en el cuerpo, cuatro dientes, ciego de un ojo, pero con una historia que contar. Estoy cansado, no tengo fuerzas para ir a mi cajita de arena o acicalarme el pelo. Gran parte del día paso acurrucado a los pies de la cama durmiendo y disfrutando lo único que no me pesa llevar encima, los recuerdos. Ellos siguen tan vívidos que no puedo dejar este mundo sin antes compartirles cómo logré transitar por mis siete vidas.

Todo comenzó el día en que nací. Era muy pequeñito y el lugar estaba húmedo y muy oscuro. Recuerdo el suave olor de mi madre y también el agitado movimiento de mis patitas dando empujones para conseguir un lugar privilegiado en la fila de alimentación. Ya más grande, era capaz de correr por el jardín tras una mariposa, perseguir la sombra de mi cola, o agazaparme tras una cortina para dejarme caer sobre alguno de mis hermanos.

Tenía como dos meses de vida cuando fui abordado por una pequeña niña que sorpresivamente me izó por los aires. Luego, me mantuvo suspendido enfrente de ella, mirándome fijamente a los ojos y después de chocar suavemente nuestras cabecitas, como cerrando un pacto de amor exclamó:

— ¡Elijo este! el pequeñín de color blanco.

Julieta tenía 10 años cuando decidió adoptarme. Ese era yo, un pequeño gatito siamés de penetrantes ojos azules. Siendo felino de raza, tenía un olfato muy agudo, quizás por ello me atrajo tanto su olor, era jazmín. Un aroma que traía reminiscencias de mi infancia, hermanos y del lugar donde gasté mi primera vida. Después descubrí que era resultado del perfume de baño con el cual su madre la friccionaba todas las mañanas. Mi olfato era tan fino que solía descubrir su presencia en cualquier parte de la casa.

Ella si sabía hacerme feliz. En el desayuno, robaba un trocito de jamón y me lo deslizaba bajo la mesa y al almuerzo, siempre me dejaba flan de manjar, mi preferido. Con el paso del tiempo me fui convirtiendo en un gato celoso, incapaz de compartirla y por ello, realizaba todo tipo de piruetas con tal de llamar su atención. Si la encontraba leyendo un libro, le mordisqueaba la nariz o la contratapa del texto. Si estaba dormida, la despertaba dándole pequeños topecitos con mi cabeza, hasta conseguir que me hiciese cariño. Cómo añoro esos días, sin embargo, como todo lo bueno en la vida tarde o temprano llega a su fin.

Un día de primavera mientras Julieta descansaba tendida en un sillón, yo retozaba sobre el balcón, recibiendo los cálidos rayos de sol del mediodía. El cielo estaba despejado, sin una sola nube y el silencio era perfecto hasta que un zumbido extraño irrumpió de repente. Un curioso colibrí se posicionó justo enfrente de mí y agitando sus alas a una velocidad vertiginosa capturó definitivamente mi atención. No demoré mucho en tomar la decisión y me abalancé sobre él intentado atraparlo. Segundos después el pajarillo continuó su vuelo alejándose del balcón y yo me precipité a un vacío de 15 metros. Luego sentí un golpe y todo se volvió oscuro. Ese día un salto acrobático terminó drásticamente con nuestra amistad.

Caí de un quinto piso y aterricé en un cerro de cajas de cartón que estaban a la espera del camión de mudanzas. Con la fuerza de la gravedad irrumpí violentamente en una de ellas siendo sepultado por su contenido, ropa de cama y toallas. Cuando recuperé la conciencia estaba adolorido, lejos de lo que fue mi segundo hogar, a oscuras y en constante movimiento. Todo ello se confabuló para adormecerme y extinguir cualquier posibilidad de auxilio.

Así llegué a otra ciudad y conocí a Christina, una estudiante de derecho amante de los animales y dueña del cúmulo de equipaje que había invadido. Ella había dejado la casa de sus padres para mudarse y vivir sola. Bueno, no tan sola, porque sorpresivamente llegué para hacerle compañía. Cuando abrió la caja, descubrió un gatito blanco aterrado y de enormes ojos, me regaló una sonrisa y me invitó a formar parte de agitada vida universitaria. Tenía poco tiempo disponible, estudiaba y trabajaba a la vez, pero aun así buscaba cualquier excusa para estar conmigo. Más de una vez desperté dentro de una mochila, con un gorro de lana chilote cubriendo mis orejas y montado en una bicicleta camino a la universidad. Christina tenía una obsesión con la ropa y lo relacionado con la armonía de colores. Por ello mi collar era rojo, su bicicleta rojo italiano y su casco rojo marrón, incluso sus uñas tenían el mismo tono. Era muy respetuosa de mis controles de salud e higiene, nunca me faltó un baño sanitario, vacunas o antiparasitarios. Llevaba mi vida organizada y puntual, como reloj suizo. El amor entre nosotros creció con el paso de los años y al igual que el pasto verde en primavera fue intenso y fresco.

Un día al regresar de mis recorridos vespertinos noté que no estaba su bicicleta, algo muy raro, pues ella siempre me esperaba con un platito de jugosa comida caliente. La casa estaba a oscuras, entonces decidí ingresar por la ventanilla del baño y esperarla recostado en su cama. Fue entonces cuando vi sobre el escritorio su casco rojo marrón ¿qué puede haberle sucedido? Maullé en silencio. Ella nunca saldría sin él. La respuesta a esa pregunta nunca llegó, como tampoco mi querida amiga. En cambio, días después ingresó el dueño de la casa que arrendábamos y arrojó todas nuestras pertenencias al patio trasero. Desde el tejado de lo que fue mi hogar, vi con resignación cuando el personal de la municipalidad las retiró. Otra vez me hallaba sólo en el mundo. Así inicié mi cuarta vida, vagando por semanas entre callejones y plazoletas cercanas al vecindario, en busca de un lugar para vivir. Otros seres como yo abandonados y sin hogar, peleaban por un rincón para dormir, un trozo de cartón bajo el cual refugiarse o restos de basura arrojados al camino. Se veían enflaquecidos, sucios y sin esperanza, pero eso no era lo mío, yo tenía otros planes, por tanto, acicalé mi pelaje, limpié mis heridas y me dispuse redescubrir el mundo.

Fue entonces cuando conocí a la Mimí, una anciana octogenaria que vivía en situación de calle, abandonada de la vida sin familiares ni un hogar donde vivir. Ese día descubrí que ella y yo teníamos algo en común, la soledad, y decidimos compartirla. Así inicié mi quinta vida. Ella fue muy dulce conmigo, respetó mi libertad a cambio de un acuerdo mutuo, ella me conseguía comida y yo durante las noches le brindaba calor. Vivimos en un parque y teníamos un carrito de supermercado en el que diariamente trasladábamos nuestras pertenencias: frazadas, cartones y lonas; todo lo necesario para construir un albergue y pasar la noche. Nos ubicábamos cerca de un hospital para que ella por las mañanas pudiese ir al baño y asearse, mientras que por mi parte prefería escarbar tierra al aire libre. Mimí y yo compartimos todo lo que teníamos, incluidas pulgas y garrapatas. En ocasiones bebíamos té y roíamos un trozo de pan duro. Otras veces, nos conformábamos con un ronroneo y una caricia. Estuvimos juntos casi un año, pues íbamos a celebrar nuestro primer aniversario cuando ella enfermó. Fuimos al hospital, yo la esperé por días en la salida de emergencia, pero Mimí jamás regresó. Triste y confundido, sin tener cobija ni alimento alguno me retiré del lugar y busqué refugio bajo unos tarros de basura.

Habían pasado unos días cuando muy temprano por la mañana sentí que alguien se acercaba a mi modesto recinto habitacional. Luego, escuché una voz femenina:

— Hola pequeñín ¿qué haces aquí tan solito? Debes tener mucha hambre y frío ¿quieres venir conmigo?

Mis ojos pegados por la conjuntivitis no me dejaron ver con claridad a la muchacha que estaba en frente de mí, pero me bastó oír la propuesta para acceder inmediatamente. Ella era Margot, una enfermera pediátrica que acababa de terminar su turno de noche y regresaba a su hogar. De camino a lo que sería mi nueva vida percibí un aroma que me resultó familiar, pero no supe distinguir claramente de dónde provenía. Además, estaba tan hambriento y deseoso de ir al baño, que las remembranzas de un pasado glorioso pasaron a segundo plano. Varios días después logré aclarar la vista, limpiar mi cuerpo y volví a tener una maravillosa cajita de arena. Nuestro pequeño departamento era compartido, pero la segunda arrendataria estaba de viaje. Ese lugar irradiaba amor, paz y ternura, sensaciones que creí haber perdido para siempre. Con Margot inicié mi sexta vida.

Habían pasado casi dos meses cuando me anunció la llegada de su compañera de departamento. Cuando me dijo su nombre creí desmayarme de la emoción. Entonces, como si hubiese despertado de un sueño, recuperé mi memoria olfativa y recordé el jazmín, ese era el extraño aroma que tenía Margot el día que nos conocimos. Era la presencia de Julieta.

Cuando ella llegó a casa dejó las maletas y saludó cariñosamente a su amiga. Luego, al notar mi presencia preguntó mi nombre, pero en lugar de esperar una respuesta decidió agacharse y levantarme en vilo. Me miró fijamente a los ojos y acercó su frente junto a la mía. Aproveché entonces de darle un cabezazo, un pequeño golpecito como aquellos que nos dábamos cuando éramos pequeños.

— ¡Simón! —exclamó jubilosa—. Tú sólo puedes llamarte Simón.

Junto a Julieta inicié mi séptima y última vida, la cual debo decir he disfrutado plenamente. Hoy en el ocaso de mis días y agradecido de lo que me tocó vivir les pregunto ¿acaso ustedes han disfrutado sus siete vidas?

Pocahontas

Soy una escritora amateur, pediatra de profesión y escribo por placer. Ya escribí un libro con las memorias de mi padre, otro con historias de mi juventud y el último, con los viajes que he tenido con mi familia. Los cuentos son una narrativa que no había explorado.

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