Revista ZUR

Revista Zur / Volumen 1 N°1 / Un dilema

Narrativa

Un dilema

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Fecha

01 Octubre 2019

Autor

Rodián Raskólnikov

01 Octubre 2019

Temuco, enero de 2016

Era casi mediodía de un tres de agosto, en el instante en que de forma paulatina y con dificultad, ya que estuve interminables minutos observando la telaraña que envolvía la ampolleta. Desperté luego de una difícil noche de insomnio, en la cual conseguí dormir recién en la madrugada. Cuando las primeras micros iniciaban su recorrido por el sector.

En aquel momento, padecía un intenso malestar que se notaba, sobre todo, en el insistente dolor que me partía la mollera y la puntada que me revolvía el estómago. Sin embargo, no quería seguir echado, ya que desde hacía tiempo andaba muy molido por la dureza del catre. Me levanté con calma y fui directo al baño, rincón que, en esa oportunidad, se asemejaba a la Antártida. Causa por la que, sin ningún entusiasmo, me lavé con las sobras de un jabón. Delante del espejo, pensaba de modo repetido: me veo como un cadáver. Me vestí con la escasa ropa que hallé limpia, aunque arrugada. Empecé a preparar el desayuno que, por la hora, parecía almuerzo. Revisé la panera y la antigua marraqueta que aún persistía, tostada y con huevos revueltos quedó bastante sabrosa. A esto le añadí un tazón de café muy cargado, los cuales me despabilaron por unos segundos.

De vuelta en mi dormitorio. Este, como de costumbre, era una debacle, pues distintas prendas estaban desparramadas por el piso, cómoda y escritorio. Motivo por el que siempre había un cargante olor a transpiración, lavaza y humedad. Pero no le di importancia. Me eché en un recodo y, en seguida, en mi nuevo computador portátil, intervine en un brutal juego en línea. Luego de dos horas de cruel pelea en el Marne, me sentía abrumado. Experimentaba la singular sensación de llevar un elefante sobre la espalda. Por ello, a fin de recuperar la voluntad, hice otra consistente taza de café, que bebí tumbado en el viejo sillón de la cocina, mirando en la caja idiota un revoltijo de series, películas y partidos que me aturdieron un rato.

Advertí que el reloj marcó las cinco y recordé que, ni siquiera había lavado una cuchara. De manera que, para eludir los permanentes reclamos de mi mamá y los vistazos despectivos del tarado con quien se acuesta. Raudo salí, ya que faltaba muy poco para que volviesen de la pega.

El cielo seguía cubierto y comenzaba el atardecer. Mientras caminaba calle abajo, reparé en un sitio. Puntualmente en el cerro de basura que disputaba una jauría y en el tambaleante borracho de la vereda de enfrente.

Si bien es cierto, desde temprano me apabullaba el hambre. En mi casa carecía de alternativas. Entonces decidí encaminar mis pasos en dirección al centro. En busca de algún local donde pedir un italiano, un churrasco, un chacarero o una chorrillana, acompañada del correspondiente chopito. Pues me quedaban fondos del empeño de la cadenita que me regaló mi abuela para navidad.

En cuanto llegué al destartalado puente, a la vez que fumaba un Viceroy de los suaves, vi que regresaba un lento carretón tirado por un enclenque caballo gris que retrasaba el tránsito, exasperando a los conductores. Acontecimiento que me provocó una singular alegría.

Repentinamente, me acordé que nunca, en los cinco años de latera enseñanza media, tuve el desparpajo característico de los jóvenes. El cual me hubiese empujado a cruzar el asqueroso Cautín por el viaducto que sostiene la línea férrea. Tal como lo hacían casi todos mis compañeros. Por ende, en un súbito arranque de valentía, extraño en mí. Avancé por los durmientes. En un principio, un terco tiritón me recorría entero. Por fortuna, de apoco se me fue pasando hasta desaparecer del todo. No obstante, empezaron a temblar los palos bruscamente.

¡Mierda! Ahora tengo que escoger entre el río o el ferrocarril.

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