Revista ZUR

Revista Zur / Volumen 3 N°1 / Un reencuentro con las presencias tutelares del pasado
Reseñas

Foucault, siempre Foucault

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“En llamas” de Alejandra Etcheverry.

Fecha

01 Julio 2021

Autora

María Eugenia Celli

01 Julio 2021

Eribon, Didier. Michel Foucault. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: El cuenco de plata, 2020. 466 páginas.

Reseña por María Eugenia Celli.

¿Quién fue Foucault? ¿Quiénes fueron sus referentes y sus amigos? ¿Con quiénes se enemistó o criticó? ¿Cuáles fueron sus apuestas políticas? Estas pueden ser algunas de las preguntas que motoricen la elección de un libro que cumple con suficiencia las reglas de la biografía intelectual y que permiten acercarse a un autor de relevancia para el análisis literario. La cercanía de Didier Eribon al mismísimo Foucault y a los intelectuales franceses de ese tiempo permite tener noticia de primera mano de los “sentires”, “pareceres” y “opiniones” que a modo de confesión –como corresponde a una trama foucaultiana- se recoge de los actores principales. Así es el caso de las comunicaciones telefónicas con Deleuze a propósito de la frustrada candidatura para el Collège de France en 1982 (318 y nota 50) o el encuentro con G. Dumézil después del sepelio de su discípulo, en donde se menciona la charla final con Foucault y el reconocimiento de “maestro espiritual” o “director de conciencia” que el filósofo fallecido habría tenido para con él (411).

Si bien, la primera edición del libro corresponde a 1989 (cuatro años después del fallecimiento de Foucault), esta nueva publicación que reseñamos corresponde a la tercera edición que se elaboró en 2011 (corregida y aumentada), recientemente traducida al español por Silvio Mattoni, El libro propone un recorrido en tres partes tituladas: “La psicología en el infierno” (13- 132), “El orden de las cosas” (133-240) y “Militante y profesor en el Collège de France…” (241-417) a las que se le suman cinco anexos finales (419-453).

La primera parte abunda en detalles acerca de la cuna familiar. Se descubre que “Paul” Michel Foucault proviene de un linaje de médicos de la ciudad de Poitiers (16). Después de su pasaje por el liceo vendrán las noticias de su formación en la Escuela normal superior de la calle d’Ulm. Allí comienzan a aparecer nombres con los que se reencontrará una y otra vez, como son: Canguilhem (39), Althusser (41) e Hyppolite (48). Algunos recordarán de ese tiempo a “un Foucault siempre cerca de caer en la locura” (43) en razón de la propia vivencia de su homosexualidad. Más tarde llegarán las titulaciones: la licenciatura en filosofía por la Soborna en 1948 (61) y un año después la licenciatura en psicología. Ambas disciplinas lo proyectan hacia un campo de trabajo que cruza la psiquiatría, la medicina y la filosofía, llegando a desarrollar tareas de asistencia en el hospital Sainte-Anne junto a J. Verdeaux (68-70). Sin embargo, pronto abandona el hospital para ocupar dos espacios que no abandonará jamás: la biblioteca y el aula. A pedido de Althusser enseña psicología en la Escuela Normal Superior. Allí tendrá alumnos como Derrida (71) y otros relevantes. Ronda 1953 y las grandes influencias de Foucault serán: “Hegel, Marx, Freud, Heidegger…” (73) revisadas a partir de Nietzsche junto con Bataille y Blanchot (80). Ello lo llevará a explicar su afiliación al partido comunista como la de un “comunista nietzscheano” (73). En 1955 Foucault se traslada a Upsala, Suecia, por recomendación de Dumézil, en la Casa de Francia, donde oficiará tareas culturales, conferencias y reuniones para promover la lengua francesa (99). Tres años después llegará a Varsovia, Polonia, con la misma tarea, aunque por un breve lapso de tiempo (118). Razones de amor y espionaje lo llevarán a trasladarse forzosamente a Hamburgo, Alemania (122), también para desarrollar tareas culturales. Todo este tiempo estará dedicado a la escritura de dos tesis para la obtención del doctorado de Estado, una, dedicada a la antropología de Kant, y la más importante Locura y sinrazón. Historia de la locura en la época clásica (113).

La segunda parte ubica a un Foucault de regreso momentáneo a Francia en los años 60. Será el tiempo de la defensa de sus tesis, dirigidas por Hyppolite y Canguilhem. Las dificultades para la publicación de su tesis se disolverán gracias a las gestiones del historiador católico Ariès en la editorial Plon. Foucault reconocía ante él una admiración auténtica y una “deuda personal” (143). Por su parte, la Historia de la locura será una tesis que no pasará desapercibida y que le ganará a Foucault alguna enemistad inesperada, como la de Derrida (163). Tras estos episodios, Eribon muestra a un Foucault multifacético y vertiginoso: enseña psicología en Clermont (174), participa de la comisión para la reforma educativa que se inicia en 1965 (179), políticamente se define como anticomunista y opera en consecuencia (182), forja lazos con Deleuze y critica a Sartre duramente en cada reportaje (213), escribe Las palabras y las cosas como “un gesto de recusación de la fenomenología” (207), se defiende de la sombra del estructuralismo (221) y en 1966 se prepara para desembarcar en Túnez como un nuevo destino laboral (227) y para el encuentro de su compañero de vida, Daniel Defert (228 y 252). Aún no ha llegado el mayo del 68.

La última parte es la más voluminosa y es la que logra desprenderse del detalle biográfico para hacer entrar en escena otros factores que delinean la figura de un filósofo atravesado fuertemente por la acción política y por el impacto que genera en él la crítica de sus contemporáneos a su producción filosófica.

El retorno de Foucault a Francia se efectivizó en 1969. En medio de una reforma de la educación superior que buscaba contrarrestar la efervescencia del 68, Foucault es nombrado profesor titular y director del departamento de filosofía de la Universidad de Vincennes (247) que se convertirá en un centro sospechoso por su formación marxista-leninista. Allí reunirá a Rancière, Balibar y Judith Miller, entre otros. Tan solo un año después Foucault pronuncia su lección inaugural en el Collège de France como sucesor de Hyppolite en una cátedra nueva bajo el nombre de “Historia de los sistemas de pensamiento”. Al respecto, Eribon se opone a Dosse acerca de lo ocurrido en la elección que recayó sobre Foucault y no sobre Ricoeur, señalando que no había favoritismo alguno y que el perfil académico era poco favorable al filósofo electo (259). Tras esta designación comienza el tiempo de la militancia activa inspirado por Daniel Defert. Una de las experiencias más importantes será la conformación del grupo de información sobre las prisiones (271). Su estudio, análisis y vivencia de la prisión madurarán, sin duda, en un libro que “surgió del presente, más que de la historia” (284). Se trata de Vigilar y Castigar. El nacimiento de la prisión publicado en 1975. Esta conquista de las calles y la participación en luchas colectivas produjo un encuentro –no sin tensiones– con el intelectual francés que había conquistado el espacio público: Jean- Paul Sartre (290). Otra amistad política de este tiempo será la Deleuze que en 1976 y 1977 quedará signada bajo el desacuerdo militante referido a la figura del extraditado K. Croissant (316) y bajo el entredicho intelectual respecto del deseo (339). Esos son los años en que a Foucault lo embiste, tras la ambigua recepción de La voluntad del saber, una crisis personal que durará casi hasta su muerte (340).

Foucault abandona matrices que lo han cobijado en estos años: por un lado, el psicoanálisis del que marca su distanciamiento en el primer tomo de la Historia de la sexualidad (335), por otro, su alejamiento del marxismo y del izquierdismo en lo que respecta a su acción pública (326-7); y, más aún, en las temáticas de investigación que se propone abordar (cristianismo, antigüedad griega, subjetividad) y en el oficio de periodista que ensaya brevemente (360). En 1981 Francia celebra con la presidencia de Mitterrand, pero al poco tiempo sus políticas se descubren deficientes. Foucault reaccionará organizando a los intelectuales en protesta ante la posición del gobierno francés frente al golpe de Estado polaco, la que será su última acción militante (370-9). Las conferencias y los viajes internacionales se intensificarán a comienzo de los 80 y son una oportunidad para poder desprenderse de la sofocante atmósfera francesa. Visita Brasil, Japón y, sobre todo frecuenta EEUU en donde encuentra una comunidad gay plural, organizada y militante. Eribon califica este tiempo como la “felicidad norteamericana de Foucault” (398). En 1984 Foucault se comienza a quejar de una “mala gripe” (408) a la que no atiende, ajetreado por la finalización de los tres volúmenes que restan para completar la Historia de la sexualidad. Dos de ellos serán publicados y el último quedará inédito hasta el año 2018. El 25 de junio de 1984, Foucault muere.

El libro se interrumpe intempestivamente, replicando el final de la vida de uno de los filósofos más originales y disruptivos del siglo XX. Su pérdida nos habilita el pasaje a su obra: la editada en vida, la publicada con posterioridad a su muerte y la que adviene año a año de los voluminosos e inéditos archivos foucaultianos. Allí Foucault se nos hace contemporáneo y eterno. Al punto de comprenderlo para pronto extraviarlo en un nuevo Foucault. Foucault, siempre Foucault.

Información sobre la autora

María Eugenia Celli

Profesora de Enseñanza Media y Superior de Filosofía por la Universidad de Buenos Aires. Licenciada en Teología Sistemática, Profesora y Bachiller de Teología por la Universidad Católica Argentina. Actualmente es miembro del equipo de investigación que aborda el proyecto científico subsidiado UBACyT N° 20020190200101BA, (2020-2021) titulado: “El ‘giro icónico’: teoría y praxis”, cuya directora es la Dra. Silvia Gabriel.