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Revista ZUR - Volumen 3, N°2
NARRATIVA

Micorriza

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"El tiempo en abandono" de Jorge Mauricio Mella Sarria

Autor

Víctor Parra Avellaneda

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Fecha

26 Enero 2022

Autor

Víctor Parra Avellaneda

26 Enero 2022

Al despertar ya no soy un hongo, sino un ser humano. Después de años mis pies volvieron a funcionar y me empujaron con la fuerza suficiente para alejarme del suelo.

Pude sentir cómo mis hifas se desprendían dolorosamente de las raíces de mi árbol. Ahora me sentía minúscula, insignificante. Miraba mis manos, temblorosas por el frío que hacía, miré también mis piernas que se arqueaban inestables a cada uno de mis movimientos., y miré hacia arriba y vi el cielo gris por las cenizas del volcán lejano, que hace semanas estalló. El viento las arrastraba y las dejaba caer, formando una gruesa capa que, poco a poco, sepultaba todo el paisaje.

Hace días noté algo raro y terrible en la salud de mi árbol. Su savia se agotó y sus raíces murieron.

Seguro tenía que ver con el volcán y toda la muerte trajo desde la lejanía.

Tiempo atrás vi lo mismo con en el resto del bosque. Uno a uno, los árboles se marchitaron y se convirtieron en raquíticos esqueletos de madera. Recuerdo cuando mis amigos, otros hongos humanos como yo, abandonaron su estado sésil de micorrizas y fueron en busca de un lugar mejor.

Me dijeron que la marchitez no terminaría y que los siguiera. Pero me negué. Me convertí en la única persona humana micorrízica de este lugar, con nutrientes limitados y con el final de mis días próximos.

 

 Después de unos días llegué a un desierto. Aquí también caían las cenizas en silencio.

El viento las barría con delicadeza mientras se levantaban pequeños nubarrones y se formaban dunas que más parecían olas de un océano congelado.

Mientras tanto, los líquenes de mi piel se caían, las puntas mis dedos comenzaban a adoptar un color oscuro y de estos salía un pestilente líquido amarillo.

Me estaba pudriendo.

 

El viento era cruel, me engañaba para ir en una dirección equivocada. No sé cuántas veces, perdida, habré pasado por el mismo trayecto. Imaginaba la terrible posibilidad de que la erupción volcánica hubiera sido lo suficientemente fuerte como para sepultar a todo el mundo y matado a todas las formas de vida.

Quizás era el principio de una nueva época donde emergerían seres hechos de polvo y roca, y la vida desaparecería bajo inmensos kilómetros de ceniza y escoria volcánica. Los océanos, los hielos, los desiertos y los bosques. Todo eso quedaría olvidado y la Tierra se convertiría en una esfera gris flotando en la oscuridad del espacio.

Si esto era cierto, la vida agonizaba, y yo era su último suspiro antes de desaparecer.

 

Mis piernas colapsaron. Solo podía arrastrarme, entre gemidos de dolor y con la sensación de que me descompondría en cualquier momento.

Moriría, sin duda, lejos de toda raíz, lejos de mi origen y en una forma tan primitiva como la que tenía.

Manos, piernas, cabeza, columna, cabello y ojos. Hace millones de años que los seres humanos no requerimos de esas estructuras vestigiales. Cuando hicimos simbiosis con los hongos, por azares de la evolución, y nos convertimos en seres sésiles viviendo estrechamente con los árboles, nuestra vida se hizo más tranquila.

Bastaba con germinar de una espora humedecida, la cual se multiplicaría en miles de filamentos hasta entretejerse y formar todo el cuerpo humano. Un cuerpo inmóvil y enteramente destinado a la contemplación del mundo a la sombra de los árboles.

Pero los árboles murieron y los humanos ahora debemos regresar a nuestro estado primitivo de tiempos tan lejanos para desplazarnos.

 

Mi cara, entumecida por el dolor y el frío, miraba hacia una bruma, que se desplazaba con una lentitud apacible sobre unos pequeños corpúsculos verdes dentro de una cordillera a la distancia.

–¡Es un bosque!, ¡Es en verdad un bosque! –me dije a mí misma, con voz débil, mientras apuntaba con mi brazo demacrado. – ¡Encontré un bosque, y tiene humedad!, ¡Seguro hay más como yo, más personas allá!

Pasó por mi mente la idea de que el bosque era una visión más de quien está a punto de morir y encuentra consuelo en quimeras fabricadas por la imaginación para hacer más soportable el sufrimiento.

Si el bosque era real o no, ya no importaba. Lo tenía frente a mí y lo admiraba. Veía sus follajes meciéndose con el aire. Eso me dio paz.

En un instante, mi contemplación se interrumpió. Una fuerte corriente de aire pasó sobre mí y me desvaneció. Todo lo que alguna vez fui se lo llevó el viento.

Mientras me convertía en una nube informe, contemplé la posibilidad de que alguna de mis esporas fuera arrastrada hasta el bosque. Ser llevada por el mismo viento que terminó conmigo.

Germinar. Renacer.

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