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Revista ZUR - Volumen 3, N°2
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"El tiempo en abandono" de Jorge Mauricio Mella Sarria

Autor

Kalton Harold Bruhl

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Fecha

26 Enero 2022

Autor

Kalton Harold Bruhl

26 Enero 2022

Soy Richard Collier, anuncié desde el umbral de la puerta. El anciano estaba sentado en el borde de la cama. Vestía un traje gris de tres piezas y parecía recién afeitado. Apoyó las palmas en las rodillas y se levantó con dificultad. Dave Anderson, me dijo, extendiendo la mano. Podemos salir cuando usted guste. Yo pensaba entrevistarlo en la casa de retiro; sin embargo, no tuve el valor de pedirle que nos quedáramos. Hice un repaso mental del contenido de mi billetera. Con algo de suerte podría pagarle un almuerzo en un restaurante decente.

Llevaba un par de años investigando sobre las desapariciones ocurridas en el condado de Ross durante la década de los setenta. Cincuenta personas desaparecieron sin dejar ningún rastro en un período de tres años. Los diarios desarrollaron infinidad de tesis. Desde secuestros extraterrestres hasta combustiones instantáneas; desde antiguas maldiciones indias hasta portales hacia otras dimensiones. El señor Anderson era entonces el detective a cargo del caso.

El caso todavía sigue abierto, me dijo, dando un gran sorbo a la jarra de cerveza. Rio por la nariz. Las enfermeras sufrirían un infarto si me vieran bebiendo. Entrevisté a todas las personas del condado, comenzó. Todos eran posibles víctimas y, desde luego, posibles sospechosos. Nunca me creí las estupideces que salían en los diarios sensacionalistas. Siempre hay alguien, una persona real. Si quiere conocer los nombres de los demonios no los busque en un viejo libro de magia negra. Es más fácil encontrarlos en el registro civil, allí están los verdaderos monstruos.

Tras devorar un plato de pasta pidió un trozo de pastel. Volvió a reír. Se supone que debo evitar el azúcar, pero qué importa. Que se encarguen esas insoportables enfermeras de normalizar mis niveles. Le pregunté por algún sospechoso en especial. Engulló un bocado de pastel y se limpió bruscamente con una servilleta. Robert Jones, escupió. Desde la primera vez que lo entrevisté dejó de ser para mí un simple sospechoso. Estaba seguro de que tenía algo que ver con las desapariciones. Era fotógrafo y había trabajado para cada una de las personas desaparecidas. ¿Por qué nunca lo arrestaron?, le pregunté. El señor Anderson se pasó la lengua por los dientes. Porque siempre se trató de desapariciones. Nunca encontramos un solo cuerpo o alguna prenda de los desaparecidos. Nunca hubo un crimen por investigar. La gente desaparece todo el tiempo: se cansan de sus esposos, de sus hijos, del trabajo, de su propio reflejo y, cuando han encontrado una excusa que les parece adecuada, simplemente se marchan. Por supuesto, cuando son cincuenta las personas que se largan de un lugar pequeño y en un lapso tan corto, es inevitable que se enciendan las alarmas. No teníamos nada en contra de Jones. Además, el tipo siempre estuvo dispuesto a cooperar. Nos dejó revisar su casa e incluso nos permitió utilizar lámparas ultravioletas para corroborar la ausencia de de sangre. Siempre tenía una desagradable sonrisa mientras hablábamos. Ya lo sabe, detective, me decía, puede contar conmigo para lo que sea. El caso se enfrió y se convirtió en una anécdota más para los libros de misterio. Un par de años después de jubilarme recibí una llamada de parte de Jones. Estaba agonizando en un hospital. Cuando entré a su habitación me recibió con una de sus despreciables sonrisas. Detective, me dijo con una voz áspera y cansada, no tengo mucho tiempo.

Creo que ha llegado el momento de confesarlo todo. Mi corazón dejó de latir por unos segundos. ¿Cómo los mató, Jones?, le pregunté ansioso, debo saberlo. Volvió a sonreír desde su cama. Con su rostro demacrado la mueca se volvía aún más insoportable. Yo nunca he matado a nadie, alegó con un diabólico brillo en la mirada. Me sentí molesto y tuve que reprimir el impulso de sacarle la verdad a golpes. No me haga perder la paciencia, le advertí. Jones se recostó y cerró los ojos. Si se lo dijera ahora no me creería, me previno. Será mejor que lo vea con sus propios ojos. Luego de que me diera algunas instrucciones salí camino a su casa. Bajé al sótano y abrí el armario que me había indicado. En un cofre encontré varios álbumes de fotografías. En las fotografías está la clave de todo, me había revelado. Abrí el primer álbum. El hedor que emanaba de sus páginas me provocó arcadas. Me cubrí la nariz con el dorso de la mano y empecé a examinarlo. Estaba lleno de fotografías de ese mismo sótano. No podía entenderlo. Pasé las páginas. El hedor era más intenso. Había algo extraño en la esquina de una fotografía en particular. La acerqué a la luz. Parecía un cuerpo en descomposición. Debía verla más de cerca. Retiré la cubierta de celofán y la despegué. Debe ser un juego de las sombras, me dije, cuando la acerqué a mis ojos. Algo se agitaba en el fondo de la imagen. Dejé caer la fotografía con un gesto de asco y de terror. Una nube de moscas salió de ella en cuanto tocó el suelo.

Ahora, usted también sabe el secreto de Jones, me dijo el viejo detective. Usted decide si me cree o no. Necesitaría pruebas, respondí con cierta suspicacia. Él pareció ofenderse. Tiene razón, dijo torciendo el gesto, la palabra de un hombre ya no vale nada. ¿Qué hizo con las fotografías?, pregunté. ¡Lo único correcto que podía hacerse!, exclamó: las enterré. Y aunque nunca fui un hombre religioso, continuó, recé. Recé por todas las personas que aparecían en las fotografías. ¿En qué lugar las enterró?, lo interrogué. Algún día se lo diré, respondió, se lo prometo. Me miró con tristeza antes de agregar: y más le vale que, para ese momento, usted también haya aprendido a rezar.

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